Por: Mónica Roca
En muchos caminos espirituales se nos enseña a “trascender el cuerpo”, a ver el deseo y a las emociones cotidianas como un obstáculo o a pensar que lo físico es menos valioso que lo mental o lo espiritual. Estas ideas, aunque puedan parecer elevadas, pueden convertirse en formas sutiles (y a veces muy dañinas) de desconexión.
El cuerpo no es un error del alma. Es su hogar.
El cuerpo no es un lugar impuro. Aporta y afirma nuestra digna presencia.
Cuando buscamos “elevarnos” por encima de lo corporal, sin comprender lo que eso significa realmente, corremos el riesgo de desconectarnos de nuestras emociones, de nuestros límites, de nuestras señales internas y de nuestra intuición. Y en esa desconexión, es más fácil ignorar el abuso, justificar el maltrato, negar el placer o normalizar el sufrimiento.
Lo sé porque lo viví en carne propia. Recuperar y ejercer mi derecho al placer, hacer del cuerpo un espacio seguro de habitar y acompañar a otras mujeres a hacerlo se convirtió en mi misión.
Muchos hombres y mujeres han pasado años creyendo que su cuerpo era un problema. Que era impuro, débil, culpable o simplemente irrelevante en el camino de desarrollo espiritual. Y así, en nombre de la luz, han reprimido su intuición, su placer, su fuerza vital, su poder y la expresión plena de su sexualidad y de su ser en este mundo.
Pero el cuerpo no es el enemigo. En la era post cartesiana no encontramos separación o dualidad entre cuerpo – alma; somos una unidad viva. El cuerpo es una guía, una brújula y un puente hacia tu verdad y autenticidad. Cuando lo escuchamos —con ternura y con respeto—, se convierte en una fuente profunda de sabiduría y de conexión con lo sagrado. Es a través del cuerpo que habitamos este planeta y disfrutamos todo lo que hay aquí para nosotras.
Para Martin Heidegger, el cuerpo no es algo biológico o mecánico separado, es una parte integral de nuestra existencia. No podemos entender al ser humano sin entender su forma de ser en el mundo, su relación con las cosas, con los demás y con su propia existencia. Este ser en el mundo se manifiesta a través del cuerpo vivido, el “Leib”. Con ello nos invita a reflexionar sobre la naturaleza de nuestra existencia, la importancia de la experiencia encarnada y la relación intrínseca entre el cuerpo y el ser.
La verdadera espiritualidad no te desconecta de ti. Te vuelve más presente, más encarnada, más compasiva contigo misma y con los demás. Te invita a estar en el cuerpo, no a huir de él. Con frecuencia estar presente en el cuerpo resulta incómodo, por las sensaciones y memorias que comienzan a surgir. Y justo ese acompañamiento compasivo durante la incomodidad es la salida del laberinto de la desconexión.
Porque no se trata de escapar del cuerpo para ser espiritual. Se trata de habitarlo con conciencia. De honrarlo como parte esencial de nuestro camino y de la expresión plena de quiénes somos.
