Por Javier Noyola
Hace poco leí la historia de una mujer que decidió contratar a un escort para celebrar sus 70 años. La idea nació entre el miedo, la curiosidad y las ganas de sentirse viva. Mientras muchas personas reciben esa edad intentando pasar desapercibidas, ella quiso hacer algo que la sacara de la rutina y, sobre todo, de esa sensación extraña de estar entrando en una etapa donde el mundo empieza a mirarte distinto.
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Hay algo que pasa con la edad y casi nunca se dice en voz alta. A muchas personas les preocupa dejar de ser vistas. No solo físicamente, también emocionalmente. Como si después de cierta etapa ya no hubiera espacio para el deseo, el juego, la sensualidad o las ganas de descubrir algo nuevo.
Y, sin embargo, esas necesidades siguen ahí.
A veces cambian de forma, se vuelven más tranquilas, más conscientes o más selectivas. Pero siguen apareciendo en momentos inesperados: con una caricia, el deseo de sentirse atractivo otra vez o la necesidad de compartir el cuerpo con alguien más. Nada de eso desaparece automáticamente porque alguien cumpla 60, 70 u 80 años.
La mujer del artículo contaba que llevaba tiempo cansada de las citas. De escuchar hombres hablando de sus exparejas, de enfermedades, de dinero o de sí mismos sin llegar a conectar con ellos de forma real. Ella tenía amigos, trabajo, viajes, una vida armada, pero extrañaba el contacto humano.
Eso me parece importante, porque muchas veces se habla de la sexualidad como si todo girara alrededor del acto sexual. Pero en realidad, mucha gente extraña otras cosas. Sentirse deseada. Sentirse escuchada. Dormir abrazando a alguien. O reírse en confianza. Tener un espacio donde el cuerpo todavía pueda sentirse vivo y presente.
Volviendo a la historia, la experiencia con el escort no salió como ella esperaba. A ratos le ganaron los nervios, la incomodidad y los silencios raros. En un momento, incluso se dio cuenta de que estaba más preocupada por hacerlo sentir cómodo a él que por preguntarse qué quería ella realmente. Y ahí apareció algo mucho más profundo que la fantasía inicial.
Encontró su voz. Pudo decir: “Esto no me está gustando”.
Parece simple, pero muchas personas llegan a edades avanzadas habiendo pasado años complaciendo a otros, adaptándose, callándose ciertas necesidades o creyendo que pedir placer, atención o cariño era demasiado.
Quizá por eso la historia conecta tanto. Porque no habla solamente de sexo. Habla de permiso. Del permiso de seguir explorando incluso cuando la sociedad espera que uno se vuelva discreto, silencioso o correcto.
También habla de la vulnerabilidad. De exponerse al ridículo, a la decepción o a sentirse fuera de lugar. Pero vivir implica eso. A veces las experiencias no salen bien. A veces una noche incómoda termina mostrando algo importante sobre uno mismo.
Hay personas que envejecen tratando de encogerse para no incomodar. Aprenden a pedir menos, a mostrarse menos, a desear menos. Otras, en cambio, siguen haciéndose preguntas, probando cosas nuevas y escuchando lo que todavía sienten por dentro.
Tal vez ahí está la diferencia. No en querer parecer joven, sino en no renunciar a la curiosidad. En seguir habitando el cuerpo con ternura, con humor, con derecho a equivocarse y volver a intentar.
Y quizá eso tiene más que ver con estar vivo que con la edad que marca un documento.
