Por Javier Noyola
Durante mucho tiempo hemos pensado que la diferencia entre hombres y mujeres es una verdad evidente de la naturaleza. Dos cuerpos, dos sexos, dos formas de ser en el mundo. Parece algo tan obvio que rara vez lo cuestionamos. Sin embargo, la historia muestra algo sorprendente: esa forma de entender el sexo no siempre existió.
El libro “La invención de los sexos” propone una idea provocadora...
La división clara entre dos sexos opuestos no es simplemente un descubrimiento científico, sino una construcción histórica que se consolidó relativamente tarde en la cultura occidental.
Durante siglos predominó una visión muy distinta del cuerpo. En la medicina de la antigüedad y de la Edad Media se hablaba de un modelo de sexo único. Según esta concepción, hombres y mujeres no eran vistos como dos naturalezas biológicas radicalmente distintas. Más bien se entendían como variaciones de una misma estructura corporal.
El cuerpo femenino, por ejemplo, se interpretaba como una versión interna o menos desarrollada del masculino. Los órganos sexuales se consideraban equivalentes. La diferencia no era de esencia, sino de grado. Existía una continuidad entre ambos cuerpos, aunque dentro de una jerarquía donde el modelo masculino se veía como el más completo.
Lo interesante es que, en ese contexto, la diferencia sexual no organizaba toda la vida social. Otros factores podían ser más importantes para definir la identidad de una persona, como su edad, su posición social o su estatus.
Pero algo cambió. Entre los siglos XVII y XVIII comenzó a surgir un nuevo paradigma: el modelo de los dos sexos.
A partir de ese momento, el cuerpo masculino y el femenino empezaron a describirse como profundamente distintos y opuestos. Las diferencias anatómicas se volvieron centrales y se interpretaron como evidencia de naturalezas diferentes.
Este giro no fue solo científico. También fue político y cultural.
En plena Ilustración, mientras los discursos hablaban de igualdad y ciudadanía, la ciencia empezó a enfatizar las diferencias sexuales para explicar por qué hombres y mujeres debían ocupar lugares distintos en la sociedad. El cuerpo femenino pasó a definirse principalmente en relación con la reproducción. A partir de ahí, se argumentó que la biología determinaba capacidades intelectuales, emocionales e incluso morales.
Así, la ciencia comenzó a legitimar ciertas jerarquías sociales. El espacio público se asoció con lo masculino. El doméstico con lo femenino. La educación, el trabajo y la política se organizaron alrededor de esa nueva interpretación del cuerpo.
La autora, Lu Ciccia, en el libro muestra algo fundamental: la ciencia no simplemente descubre diferencias naturales. También participa en la forma en que las sociedades interpretan esas diferencias y les dan significado.
Esto no significa que las diferencias corporales no existan. Evidentemente, existen. Pero la forma en que las entendemos, las clasificamos y las convertimos en sistemas de identidad cambia con el tiempo.
La historia de la sexualidad humana no es una historia de interpretaciones, de ideas dominantes y de contextos culturales que influyen en lo que creemos ver cuando miramos el cuerpo. Y ahí está lo verdaderamente interesante.
Si nuestra forma actual de entender el sexo tiene una historia, entonces también puede transformarse. Las categorías que hoy parecen naturales o inevitables pueden ser, en realidad, el resultado de debates, decisiones y cambios culturales.
Entender esto no elimina la biología. Pero sí nos recuerda algo importante: incluso las ideas que parecen más naturales están atravesadas por la historia. Y cuando comprendemos eso, empezamos a mirar el cuerpo (y las identidades que construimos alrededor de él) con una perspectiva mucho más amplia.
