Por Mónica Roca
Hay quien vive peinada.
Peinada por fuera y por dentro.
Peinada en sus palabras, en sus gestos, en sus emociones.
Peinada para no desentonar, para no molestar, para no arriesgar.
Peinada como símbolo de control, de orden, de todo bajo vigilancia.
Peinada… incluso cuando por dentro hay un huracán.
Nos enseñaron a estar siempre así: presentables, correctas, en forma, perfectas.
Como si la vida real no despeinara.
Como si el gozo no alborotara algo.
Como si la pasión y la vida misma no deshiciera peinados, rutinas y certezas.
Vivir… despeina
Viajar despeina: el viento en la cara, el desorden en la maleta, la sorpresa en el cuerpo.

El cambio despeina: nos obliga a soltar peinados viejos y atrevernos a lo nuevo.
La cama despeina: cuando hay deseo, cuando hay piel, juego y entrega.
Amar despeina. Reír despeina. Llorar, también.
Y entonces, ¿qué sentido tiene querer vivir bien peinadas todo el tiempo?
¿Qué placer hay en pasar la vida ajustando cada hebra para que nadie note el desorden interno?
A veces, el control no es fortaleza, sino miedo.
Y la perfección, una cárcel con moño.
La mente peinada es la que se repite lo mismo cada día para no sentir el vértigo del viento o la caída libre de lo que la vida puede traer un día cualquiera.
Pero… ¿y si nos atrevemos?
¿Y si soltamos el cepillo, el juicio y el guión?
¿Y si nos dejamos despeinar por la vida, por la risa, por el amor, por el arte y por el deseo?
¿Y si entendemos que estar despeinada puede ser sinónimo de estar viva, presente y libre?
Yo lo tengo claro: mis momentos favoritos de la vida son cuando acabo despeinada.
Y tú… ¿cada cuándo te despeinas de verdad? ¿Quién eres tú cuando estás despeinada?
