Por Javier Noyola
A menudo esperamos a que el calendario marque el 1 de enero para sentir que tenemos permiso de ser alguien distinto. Sin embargo, la verdadera chispa no surge de un cambio de dígito, sino de una colisión interna. Hace unos días, leí una frase que me sacudió: “Hazlo todo, no te detengas, cómete el mundo”.
En ese instante, entendí que comerse el mundo no es un acto de conquista externa, sino una decisión de voracidad interna. Es el recordatorio de que la vida es un espacio de posibilidad que se ensancha o se encoge según el tamaño de nuestra audacia.
Comerse el mundo no es una meta, es una actitud. Es mirar el calendario no como una hoja más que cae, sino como la oportunidad de comenzar otra vez. No porque todo esté mal, sino porque todo puede ser distinto.
Porque cada año nuevo, cada lunes, cada día, es una forma simbólica de decirnos: aún estás aquí, y mientras estés, puedes. Puedes cambiar, puedes renunciar, puedes saltar, puedes dudar… y aun así seguir.
Decidir es darle voz a nuestra libertad. Es un gesto silencioso que nos saca de la pasividad y nos invita a participar de la vida. No desde la exigencia, sino desde la posibilidad. Por eso, cuando decimos que queremos comernos el mundo, no hablamos de controlarlo todo, ni de hacerlo perfecto.
Hablamos de vivirlo con intensidad, con todos los sentidos encendidos. Hablamos de experimentar, de equivocarnos sin que eso nos quite el derecho de volver a intentar. Porque reinventarse no es una estrategia de marketing personal, es un acto íntimo de honestidad con uno mismo.
Hay días en los que cuesta más. Días en los que el cansancio, el miedo o la costumbre pesan más que el deseo. Pero justo ahí, en medio de la duda, en esa incomodidad que tanto evitamos, es donde se esconde el potencial de algo nuevo.
Ahí es donde, si nos atrevemos, podemos mover un milímetro el rumbo. Y a veces un milímetro basta para no volver al mismo lugar de siempre.
Sartre decía que estamos condenados a la libertad. Tal vez porque no hay un manual ni nadie que pueda vivir por nosotros. Pero también porque la libertad no siempre es cómoda. Cuesta. Duele. Nos expone. Y, sin embargo, es eso lo que la vuelve valiosa.
Podemos ser leales a la historia que nos contaron o escribir la nuestra. Podemos quedarnos esperando garantías o lanzarnos con el vértigo de lo incierto.
Vivir con deseo no es vivir sin miedo, es vivir con todo lo que somos, incluso con lo que no entendemos. Es permitirnos sentir la vida desde el cuerpo, desde el alma, desde la piel. Es dejar que el placer, la curiosidad, la alegría y el asombro también sean parte del guion. Porque no vinimos solo a resistir o a cumplir expectativas. Vinimos a saborear, a explorar, a disfrutar.
Este 2026, que tenemos en puertas, no esperes que todo esté claro para empezar. No postergues la alegría hasta que las condiciones sean perfectas. Empieza ahora, con lo que hay, con lo que eres.
Cómete el mundo a tu ritmo, con hambre de vida, con gratitud y con ganas. Porque si algo tenemos garantizado es esto: estamos vivos. Y mientras lo estemos, todo es posible.
