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El silencio que gritan las mujeres

por Javier Noyola | Nov 24, 2025 | Igualdad de Género | 0 Comentarios

Por Javier Noyola

La visión que inspira este texto proviene del trabajo de la comunicadora y consultora Claudia Calvin. A través de sus artículos, Calvin expone los múltiples frentes donde las mujeres mayores enfrentan rezagos, brechas y omisiones que no siempre se nombran. Sin embargo, están ahí, afectando su bienestar, su autonomía y su lugar en la sociedad.

Porque envejecer nunca ha sido fácil, pero envejecer siendo mujer, en este sistema, parece tener un costo invisible que muchos aún no quieren ver.

Basta mirar los datos, las calles o los hogares para entenderlo: las mujeres viven más que los hombres, pero lo hacen con menos recursos, menos seguridad y más responsabilidades que nadie les reconoce.

En México, casi el 13 % de la población tiene más de 60 años. La mayoría, mujeres. Sin embargo, esa mayoría no se traduce en bienestar. No hay prioridad pública ni narrativa social que ponga foco en lo que enfrentan.

Ellas cargan con un sistema de pensiones que las penaliza por haber cuidado a sus hijos, a sus padres, a sus familias. Trabajaron dentro y fuera del hogar, muchas veces en la informalidad, sin cotizar, sin derechos.

El resultado: pensiones más bajas y un futuro marcado por la precariedad.

Las cifras hablan. Las mujeres reciben en promedio una pensión 25 % menor que los hombres, y solo dos de cada diez mayores de 60 cuentan con una pensión contributiva. Eso significa que la mayoría depende de sus hijos, de programas sociales o simplemente de estirar cada peso.

Y mientras tanto, siguen cuidando. A otros, casi siempre. A ellas, pocas veces.

Pero lo más duro no es solo lo económico, sino lo simbólico. Envejecer para muchas mujeres es también desaparecer. Socialmente, culturalmente, mediáticamente. En un mundo que celebra la juventud como capital, la experiencia femenina parece no tener lugar.

Los hombres con canas somos admirados como sabios. Las mujeres, en cambio, son llamadas viejas. Invisibilizadas. Borradas de la conversación.

Esa mirada tiene raíces profundas. Es una narrativa que se ha repetido por generaciones. Una que asocia la belleza con la juventud, el valor con la productividad y el rol femenino con la entrega. A los 50, se espera que las mujeres bajen la voz. Que acepten que su tiempo ya pasó. Que no incomoden.

Y, sin embargo, no es lo que está ocurriendo.

Cada vez más mujeres están cuestionando ese guión. Lo reescriben desde sus propias decisiones, rompiendo los moldes que las contenían. Emprenden, se enamoran, estudian, viajan. A los 60, a los 70, incluso más allá. No buscan permiso ni validación. Buscan libertad.

Ese cambio no es menor. Es profundo, político y necesario. Porque si el sistema no las ve, si la economía plateada no las incluye, si los medios no las muestran, entonces es urgente abrir espacio para una conversación distinta. Una que reconozca su valor, su experiencia, su capacidad de construir un nuevo presente.

Como hombre, observar este fenómeno es también reconocer una deuda. No solo del Estado, sino de la cultura en la que crecimos. Darle visibilidad a esta realidad no es hablar por ellas, sino ayudar a que sus voces lleguen más lejos. Escuchar, aprender, apoyar. Cambiar lo que está a nuestro alcance.

Porque el futuro no se construye ignorando la mitad de la historia. Y mucho menos a las mujeres que, con años a cuestas, siguen sosteniendo hogares, afectos y comunidades. En un país que envejece, ignorarlas no solo es injusto. Es un error que no podemos seguir repitiendo.

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