Por Javier Noyola
En estos días llaman la atención las diferentes maneras de relacionarnos y vincularnos en pareja. Desde hace mucho tiempo se ha discutido si la especie humana es monógama por naturaleza o es el resultado de vivir en una estructura opresiva normalizada. Si bien es cierto que las dos formas de vincularse tienen puntos de reflexión, la monogamia es la más aceptada, ya que ha permitido establecer un orden social y legal.
No obstante, habría que alertar que todos damos por hecho que sabemos cómo es la vida en pareja, qué está permitido y qué no lo está, corriendo el riesgo de caer en imposiciones disfrazadas de amor. En tanto, otro tipo de relaciones “no normalizadas”, como las relaciones “abiertas”, “poliamor”, o muchas de la comunidad LGBTIQ+ donde no existe un modelo preestablecido, se genera la necesidad de una comunicación abierta y se desarrolla la capacidad de generar acuerdos.

La construcción del concepto del amor y de pareja están influenciadas por la forma en la que nos educaron; lo que vimos en nuestros padres y lo que vivimos en las instituciones educativas a las asistimos. Nos enseñaron a mar de cierta manera, a concebir la idea que una pareja nos daría la felicidad, a la valoración de que el amor “es para siempre”, al amor de la madre sacrificada y del padre proveedor y a que el amor duele. Como en la novela clásica de William Shakespeare (Romeo y Julieta), al sueño de encontrar a nuestra “media naranja” (como si estuviéramos incompletos), y ya, una vez con nosotros, a esperar que “esa mitad” nos de todo lo que necesitamos.
Lo anterior es producto de la percepción de propiedad sobre el otro, tal como lo dice Paulina Rubio en su canción «Ese hombre es mío». El aspecto sexual de la pareja ha sido minimizado por una cultura coitocentrista y falocentrista, siendo la sexualidad mucho más amplia. Si quisiéramos indagar a fondo sobre nuestra idealización del amor bastaría recordar la mitología de la Antigua Grecia que muestra el complejo de Edipo y Electra (explicado en el siglo XX por Sigmund Freud), donde los niños desarrollan sentimientos inconscientes de atracción romántica hacia el progenitor del sexo opuesto y rivalidad con el progenitor del mismo sexo, es decir, el padre o la madre son el primer referente amoroso que tenemos. Luego entonces, al ser un tema “tabú” el concepto de sentir deseo sexual hacia el progenitor, dicho amor de manera “inconsciente” se desplaza y se busca en otras relaciones.
Se trata de un amor idealizado qué jamás vamos a encontrar, dando lugar a carencias y necesidades afectivas. Ésto mismo, crea en muchas ocasiones, dificultades en la pareja. Cuando la mujer se convierte en madre, el hombre cambia la forma de ver a su pareja, no la ve como mujer, sino como madre y por ello, en múltiples ocasiones, suceden infidelidades, conflictos de pareja, codependencia e incluso, hasta aceptar secretos como preferir “no saber”, en vez de hablar.
Podemos concluir que tenemos la oportunidad de ser más felices y plenos cuando entendemos de dónde venimos; cuando estamos dispuestos a dialogar; a construir acuerdos; cuando entendemos que siempre hay algo que trabajar en nosotros y en pareja; cuando sabemos que el amor no es sólo de pareja, también hay otros amores, como los amigos, la familia, los pasatiempos, los proyectos y cuando entendemos que no necesariamente el amor “es para siempre”.
Muchas veces también es un acto de amor y valentía decir “adiós” al saber que “nadie nos pertenece” y sólo “es nuestro “turno”. Cuando tomamos conciencia y reflexionamos podemos entender cuál es modelo de amor que aprendimos y cuál es el que queremos.
