Por Javier Noyola*

En una era de certidumbre buscada casi a cualquier costo, Alan Watts nos recuerda en La Sabiduría de la Inseguridad que la estabilidad es inalcanzable. Nos confronta con la realidad de que nuestra vida es fugaz y que, al intentar controlar todo, nos alejamos de lo que realmente importa: experimentar el presente.

En lugar de abrazar esa impermanencia, Watts explica que buscamos alivio en lo material, en las distracciones o en placeres temporales que solo aumentan nuestra ansiedad.

La respuesta a esta condición humana es simple pero transformadora: aceptar la realidad sin intentar controlarla. Para Watts, no se trata de aferrarse a una fe ciega en algo inamovible, sino de desarrollar una “fe” en la vida misma. 

Este tipo de apertura, nos conecta con lo que él llama la “Realidad Última” o “Dios”. Y no como una figura externa, sino como un estado de profunda conexión con el momento presente.

Para ilustrarlo, Watts explora la diferencia entre humanos y animales.  Mientras los animales viven en un estado de conciencia plena y sin preocupaciones, nosotros estamos atrapados entre la memoria del pasado y el miedo al futuro.

Esta tensión interna nos empuja a buscar la felicidad en un ideal inalcanzable y a evitar cualquier cosa que se perciba como dolorosa. Según Watts, el sufrimiento se intensifica cuando intentamos aferrarnos a momentos de alegría o resistir el cambio…

Porque la vida, al igual que un río, está en constante movimiento.

Al explorar esta “corriente de la vida”, Watts expone nuestra tendencia a querer definir, fijar y controlar la realidad a través de palabras, dogmas o planes. Esta necesidad de seguridad genera un aislamiento y una desconexión del mundo natural. La religión y la ciencia, aunque han intentado definir la vida, nos han llevado a una confusión entre lo que somos y lo que queremos ser.

Además, al resistirnos a la fluidez, nos colocamos en conflicto con la naturaleza cambiante de la vida.

También nos plantea la idea de una “sabiduría instintiva” que hemos perdido al darle el control absoluto a nuestra mente racional. Cuando vivimos exclusivamente en el plano de los pensamientos y nos desconectamos del cuerpo, perdemos el contacto con la vida tal como es. Watts lo ilustra diciendo que, al final de la vida, el cuerpo reconoce su agotamiento y está listo para soltar.

Pero, atrapados en esta división entre mente y cuerpo, nos angustiamos frente a la muerte. Su mensaje es claro: aprender a dejar ir y aceptar el fin natural de las cosas puede traer calma y liberación.

Un aspecto esencial de la propuesta de Watts es vivir sin intentar encerrar las experiencias en definiciones o expectativas.

Al rechazar la ilusión de control, nos abrimos a lo que llama “conciencia plena” o una atención sin juicio al momento presente. Según él, este es el único camino hacia una paz real: experimentar cada momento sin la necesidad de seguridad futura.

Para Watts, la verdadera sabiduría radica en entender que la vida no es un problema a resolver, sino un flujo que se vive.

La cultura occidental, con su constante necesidad de actuar y su impulso de resultados inmediatos, suele ignorar esta perspectiva. A su juicio, una acción significativa y verdadera solo es posible cuando unificamos nuestra mente y nuestras emociones, en lugar de dividirnos entre un yo pensante y uno actuante.

En última instancia, el autor defiende una «moralidad creativa», donde el amor y la libertad son sus pilares. Según él, una vida guiada por el amor y la autenticidad nos libera de reglas impuestas y juicios limitantes, permitiéndonos una vida en armonía con el presente. Nos invita a vivir de tal modo que nuestras acciones reflejen una verdadera conexión con los demás.

**Lic. en Administración de Empresas con Maestría en el Centro Integral de Sexualidad y Educación Sexual (CISES).