Por Mónica Alicia Roca Cogordan

“¡Ah! ¿En serio no?” Fueron las palabras de sorpresa, que con una expresión de incredulidad y alivio, respondió Olivia cuando en consulta terapéutica le dije que en el sexo, en las relaciones heterosexuales, el papel de las mujeres no es complacer a los hombres.

Hemos creído culturalmente que las mujeres deben someterse al hombre para retenerlo, complacerlo y que es deber de las mujeres estar disponibles al deseo de su compañero.

Desde esta creencia he escuchado a cientos de mujeres que sin deseo, sin ganas y deseando que el encuentro termine pronto, permiten que la satisfacción del otro se dé sobre la propia autonomía del cuerpo y del deseo de ella.

Yo misma crecí viendo en cada esquina puestos de revistas y en ellos, portadas de ejemplares para mujeres con titulares como “técnicas para volverlo loco de placer”. Internet hoy mismo está lleno de estos “trucos y técnicas infalibles para satisfacer al hombre”.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) afirma que los derechos humanos de las mujeres incluyen su derecho a tener control sobre las cuestiones relativas a su sexualidad, incluida su salud sexual y reproductiva, y decidir libremente respecto de esas cuestiones, sin verse sujetas a la coerción, la discriminación y la violencia.

¿Qué podemos hacer para cambiar ese paradigma? Repensarnos desde el origen de que somos personas con igualdad de derechos. Retomar nuestra propia autonomía, legitimar nuestro propio deseo, decir que sí cuando deseamos decir que sí, y otorgarnos un no cuando así lo deseemos. No tener deseo sexual siempre es absolutamente normal. No somos unos contra otros, estamos en una experiencia individual y colectiva, en la que lo personal también es político y desde ahí podemos hacer los ajustes necesarios para una mayor experiencia de satisfacción, disfrute y ejecución de nuestros derechos. Los de todas, todos y todes.